Ñuble vive sus últimas horas de campaña antes de las elecciones presidenciales y parlamentarias de este domingo 16 de noviembre, y los candidatos —especialmente los aspirantes a la Cámara de Diputadas y Diputados— queman sus últimos cartuchos en calles, ferias, radios locales y redes sociales, buscando captar el voto de una ciudadanía que, en buena parte, parece cada vez más distante de la política tradicional.
El jueves 13 a la medianoche termina oficialmente el periodo de propaganda, y el panorama regional deja una sensación ambigua: hay actividad, pero poco entusiasmo. Las caravanas suenan, las brigadas reparten volantes y los rostros se multiplican en los bandejones centrales y postes de Ñuble, pero el interés del electorado parece apagado, quizás reflejo de un malestar más profundo con la política, sus promesas incumplidas y el desgaste del sistema.
Ese descontento ciudadano se traduce no solo en encuestas o apatía electoral, sino también en acciones más visibles: la destrucción de palomas y carteles de los candidatos, un fenómeno que se ha repetido en varias comunas y que revela un clima de intolerancia y frustración. Aunque muchas veces se atribuye a rivalidades partidistas o a actos vandálicos aislados, lo cierto es que este tipo de hechos expresa el hartazgo social frente a una campaña que muchos sienten desconectada de sus verdaderas preocupaciones.
Mientras los equipos políticos apuran las últimas actividades antes del silencio electoral, Ñuble enfrenta el desafío de reencantar a su ciudadanía, de volver a creer que el voto puede transformar realidades y no solo ratificar desconfianzas.
La elección del próximo domingo no solo definirá cargos y nombres, sino también el pulso de una democracia regional que busca reencontrarse con su gente. Si algo queda claro tras esta campaña, es que los afiches pueden caer, pero la necesidad de reconstruir la confianza política sigue en pie.
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